A Cristo
Pudieron numerarse las señales
que en vuestra carne delicada y pura
¡oh imagen de la eterna hermosura!
el reparo imprimió de nuestros males;
aunque fueron en sí tantas y tales,
que el ingenio, no sólo a la pintura,
vencen, y tú ¡oh sagrada vestidura!
a trasladar en ti su gloria vales.
Mas el amor que cela el rojo velo
¿quién lo podrá contar, si aun el efeto
la arte noble a formarlo no es bastante?
Fue sin principio, eterno será ¡Oh cielo!
¿cómo a tan grande amor no me sujeto?
¿qué hago, ¡oh piedra! en deuda semejante?