A Gregorio Silvestre
Si la arpa, si el órgano sabroso,
si el monacordio, si la dulce lira
que en vuestras manos, gran Silvestre, admira
y suspende el ingenio más furioso;
si el dulce verso fácil y gracioso,
con que a los vientos refrenáis la ira,
algún consuelo, aunque liviano, inspira
a un seso apasionado y amoroso,
¡aquí, Señor, que me ha rompido el pecho
con punta de oro de acerado dardo
la mano más gentil que el cielo ha hecho!
¡Aquí; que huyo el bien y el mal aguardo;
espero el daño y temo mi provecho;
he frío en brasas y entre hielos ardo!