A LA MEMORIA DE MI HIJO ALBERTO
Las campanas que ayer por tí lloraron,
siguen dentro de mí doblando a muerto,
como siguen llorándote, ¡oh mi Alberto!,
los ojos de los muchos que te amaron.
Todavía en mi hogar hay un desierto
rincón, que es foco de dolor sombrío...
¡Es como la tragedia de un vacío
que no ha de ser por nadie ya cubierto!
¡Por nadie!... Fuiste tú el primer capullo
de mi rosal de amor, fuiste el orgullo
en la vida lo mismo que en la muerte.
Tú viviste en bondad y así moriste.
¡Sólo me queda el bien de amarte triste
después del mal inmenso de perderte!