A las sillas de mano cuando van acompañadas de muchos gentilhombres

By Francisco Gómez de Quevedo y Villegas

Ya los pícaros saben en Castilla

cuál mujer es pesada y cuál liviana,

y los bergantes sirven de romana

al cuerpo que con más diamantes brilla.

Ya llegó a tabernáculo la silla,

y, cristalina, el hábito profana

de la custodia, y temo que mañana

añadirá a las hachas campanilla.

Al trono en correones, las banderas

ceden en hacer gente, pues que toda

la juventud ocupan en hileras.

Una silla es pobreza de una boda,

pues, empeñada en oro y vidrieras,

antes la honra que el chapín se enloda.