A Pompeya

By Pedro Antonio de Alarcón

Cuando amanezca el iracundo día

que en la mente de Dios leyó el Profeta,

y, al agrio son de la final trompeta,

abandone de Adán la raza impía,

ora el sosiego de l ahuesa fría,

ora los lares de la vida inquieta,

y pase el JUICIO extremo, y el del Planeta

quede la extensa faz muda y vacía,

no será tan horrendo y pavoroso

encontrar por doquier huellas del hombre

y ni un hombre en campiñas ni ciudades,

como verte, sin vida ni reposo,

desierta y mancillada por tu nombre,

expiar ¡oh Pompeya! tus maldades.