Al oro, considerándole en su origen y después en su estimación

By Francisco Gómez de Quevedo y Villegas

Este metal que resplandece ardiente

y tanta envidia en poco bulto encierra,

entre las llamas renunció la tierra:

ya no conoce al risco por pariente.

Fundido, ostenta brazo omnipotente,

horror que a la ciudad prestó la sierra,

descolorida paz, preciosa guerra,

veneno de la aurora y del poniente.

Este en dineros ásperos cortado,

orbe pequeño, al hombre le compite

los blasones de ser mundo abreviado.

Pálida ley que todo lo permite,

caudal perdido cuanto más guardado;

sed que no en la abundancia se remite.