Altas ternuras en la muerte de mi madre

By Julio Flores Roa

Desde aquel día refrené la amarga

obsesión de morir; y con paciencia,

madre, por ti, llevé de la existencia,

calladamente, la penosa carga

Hoy que el recuerdo de tu amor embarga

mi corazón, resurge tu presencia

de mártir en la sombra y la clemencia

de esta noche tan lúgubre y tan larga

Oígote alzar tus fervorosas preces,

y, por poner a mis temores traba,

ocultarme tu angustia; cuántas veces,

por no hacerme sufrir -¡tarde lo entiendo!-

contuviste la tos que te mataba

pues, sin saberlo yo ¡te ibas muriendo!

Aún te miro -con el alma loca

por el pesar- tendida sobre el suelo;

de tus pupilas empañado el cielo,

sangre manando la entreabierta boca

¡Me perece que aún mi mano toca

tu frente blanca y fría como el hielo,

y que me abrazo a ti, con un anhelo

furioso, como el náufrago en la roca!

Beso otra vez tu boca inanimada,

como una flor de nieve empurpurada

por la sangre que rápida caía

Y oigo mi grito, el formidable grito,

que voló de mi pecho al infinito;

aquel grito de: «¡Muerta! ¡Madre mía!»

Terriblemente pálida a tu lecho

te llevé y vi, por la hemorragia rojos

tus labios mustios; tus abiertos ojos

grandes y ascuosos, fijos en el techo

Te entrelacé las manos sobre el pecho,

y tus miembros, aún tibios y flojos,

palpé aturdido y ante tus despojos

permanecí, de un hálito en acecho

Fue lentamente congelando el frío

tus facciones augustas y serenas;

quedó tu cuerpo rígido y vacío;

porque bajo tu carne de azucenas,

también huyó con el sangriento río,

hasta el azul del cauce de tus venas

Al verte, madre, entre los brazos presa

de la Parca, ceñíme a tus despojos,

y con mis dedos, te cerré los ojos,

cumpliendo así mi funeral promesa

¡Cómo es la vida! Aquella tarde, ilesa,

del sol poniente ante los rayos rojos,

de un crucifijo al pie, puesta de hinojos,

yo dejádote había; y ¡oh sorpresa!

Tornaba aquella tarde más dichoso

a tu lado que nunca; de repente

entre a tu cuarto; hallélo silencioso

Y, al buscar tu mirada y tu sonrisa,

con tu cadáver tropecé ¡y hay gente

que afirma aún que el corazón avisa!

¡Ah, pobre madre mía idolatrada:

yo te juré vivir mientras vivieras;

y aunque bien sé que sin cesar me esperas,

tú no quieres que acorte la jornada!

¡Porque tú estás en mí reconcentrada,

como si el todo de mi vida fueras:

«¡Madre -te juré yo- mientras no mueras,

esta existencia atroz será sagrada!»

¡Y como tú no has muerto -aunque a la fosa

dicen que te llevé- porque te siento

junto a mí, más querida y cariñosa,

no sé si al exhalar mi último aliento,

hoy por mi voluntad, madre piadosa,

será o no quebrantar mi juramento!