CASTIDAD
Mujer, ¿te acuerdas? Con la sien caída,
en tu palor marmóreo de azucena,
tú desleías, como un alma buena,
todo el rosal de una ilusión perdida.
Aquella tarde fué. No sé si herida
en la raíz de tu virtud serena,
mi audacia fácil añadió otra pena
al calvario de penas de tu vida.
Llorabas y reías. De tu boca,
rojo nidal de sierpes del deseo,
fluían en suspiros mil encantos...
—¡Qué loco eres!—dijiste. Y yo, ¡qué loca!—
Pero en medio de tanto devaneo,
—¿lo recuerdas aún?—fuimos dos santos.