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By Gutierre de Cetina

El amoroso piélago corría

la nave del curioso entendimiento,

y no sin ocasión miraba atento

las islas más hermosas que en él vía.

Al fin de navegar arribé un día,

cansado ya de ver islas sin cuento,

en la bella Sicilia, do contento

quedé de aquel deseo que tenía.

Y visto todo el bien que puede verse,

exclamaba diciendo: «¡Oh soberano

aquél que habrá de ti la alta corona!

Si por milagro, Amor, puede hacerse,

haz que sea una hora siciliano,

ya que no puede ser de Barcelona.»