- CLXII -

By Fernando de Herrera

Cual dejando el olimpo soberano,

por la columna ebúrnea y roja frente

las ondas y sortijas de luciente

oro mi luz movió en semblante humano.

En ellas centellando Amor tirano,

me anudó el corazón con red ardiente,

y blando puso el yugo a mi doliente

cuello entonces la tierna y blanca mano.

Promesa fue este dulce acogimiento

para el bien de esperanza glorioso

y fin del peso que sufrí cansado.

¿Qué no podré esperar de mi tormento,

si en hebras que el sol mira envidioso

me hallo estrechamente relazado?