De El prado de Valencia
Esta ciudad, que el africano doma,
cuando más espantaban sus banderas,
y vio las armas y las huestes fieras
de Júpiter, de Cristo y de Mahoma;
esta muralla que en el monte asoma,
que ya sirve de nidos en canteras,
¿acabó? Sí; mas conservó de veras,
la consagrada fe que le dio Roma
¡Ah fe, sola entre piedras sostenida,
mal guardada en humanos corazones,
adonde mereciera estar tu punto!
Guarda esos muros donde estás asida,
que acabarán tu nombre y tus blasones
en acabando yo y faltar Sagunto