De su comedia El hijo del Serafín
Llegué, Señor, a la divina altura
de vuestro preciosísimo costado,
donde el amor de vos enamorado
me desposó con vos por mi ventura
Joyas quisisteis dar a mi hermosura,
y un clavo de la mano me habéis dado,
que el corazón más veces me ha pasado
que gotas hay en él de sangre pura
Clavo me dais, cuando con paz dichosa
llega mi amor al Tálamo sagrado,
y clavo cuando el alma se desposa
Mas bien hacéis, discreto habéis andado
que los clavos de Dios para su esposa
los alfileres son de tu costado