Dido a Eneas

By Clemente Althaus

Y ¡partes y me dejas enemigo!

Y, por más que a tus plantas en un lago

de lágrimas ardientes me deshago,

¡ablandar tus entrañas no consigo!

¡Oh de tanta merced inicuo pago!

Aquí náufrago y prófugo y mendigo

llegaste, ingrato, y yo partí contigo

mi lecho y el imperio de Cartago

¡Ah! pues no basta a detenerte nada,

permitan las deidades justicieras

que, al presentarse al fin a tu mirada

de esa tu ansiada Italia las riberas,

súbita tempestad hunda tu armada,

y, como yo, desesperado mueras.

¿La misma ya no soy? Y porque ardiente

negra viruela mancilló la rosa

de mi mejilla y la nevada frente,

¿ya me huyes y desdeñas por esposa?

De tu injusta mudanza te arrepiente,

no humillada me dejes y celosa;

ven; y, aunque la verdad perdí aparente,

ve que me queda aún un alma hermosa

Mas que vivir, si fuerza era perderte,

de tu desdén objeto y de tu espanto,

¡Por qué mi horrible mal no me dio muerte!

Rogarás por mi paz al cielo santo,

y te dolieras de mi triste suerte,

y mi tumba regarás con tu llanto