Diligencia amatoria

By Francisco Gómez de Quevedo y Villegas

Esta mañana, en Dios y enhorabuena,

salí de casa y víneme el mercado;

vi un ojo negro al parecer rasgado,

blanca la frente y rubia la melena.

Llegué y le dije: «Gloria de mi pena,

muerto me tiene vivo tu cuidado;

vuélveme el alma, pues me la has robado

con ese encanto de áspid o sirena.»

Pasó, pasé, miró, miré, vio, vila;

dio muestras de querer, hice otro tanto;

guiñó, guiñé, tosió, tosí, seguila;

fuese a su casa y, sin quitarse el manto,

alzó, llegué, toqué, besé, cubrila,

deje el dinero y fuime como un santo.