DOS ENTIERROS
—Se los cirios al brillo tremulante.
Mi padre muerto en su ataúd yacía…
¡No era un sueño! Dos lágrimas veía
cuajadas en su lívido semblante.
Le enterraron. Lloroso y delirante,
a lo profundo de la huesa fría
yo le vi como un fardo que caía
con apagado son… ¡qué horrible instante!
Más tarde, del olvido al camposanto,
fui a enterrar mis primeras ilusiones,
de horrendo hastío el corazón cubierto;
Y hallé entonces la causa de aquel llanto
que, al trémulo fulgor de los blandones,
vi en el semblante de mi padre muerto.