El alma
¿Por qué, sin fruto ¡ay alma! te suspendes
en renovar por horas la memoria
de tu infelice y lamentable historia,
que es atizar el fuego en que te enciendes?
Pues se te dio discurso, mal aprendes
en conocer que tu pasada gloria
huyó como mortal y transitoria,
y que en el cielo está lo que pretendes.
Busca de hoy más la celestial morada;
que allí la hallarás, libre del triste
y general tributo de la muerte,
tan lejos del estado en que la viste,
su temporal belleza eternizada,
pidiendo para ti la misma suerte.