El ángelus

By Julio Herrera y Reissig

Salpica, se abre, humea como la carne herida

bajo el fecundo tajo, la palpitante gleba;

al ritmo de la yunta tiembla la corva esteva

y el vientre del terruño se despedaza en vida.

Improba y larga ha sido como nunca la prueba

La mujer que, afanosa, preparó la comida,

en procura del amo viene como abstraída,

dando al pequeño el tibio dulce licor que nieva.

De pronto, a la campana, todo el valle responde:

la madre de rodillas el casto seno esconde;

detiénese el labriego y se descubre, y arde

su mirada en la súplica de piadosos consejos

Tórnase al campamento de los bueyes A lo lejos

el estruendo del río emociona la tarde.