ELOGIO DE LA REINA III
¡Cebuanos! De rodillas para decir su nombre,
que es música y arrullo y llama de pasión:
sea un altar Cecilia en donde rece el hombre,
poniendo de incensario cada uno el corazón.
¡Emperatriz! Tu imperio no morirá en la historia,
porque no está teñido en sangre ni dolor;
porque el amor de un pueblo fué escala de tu gloria,
y es tu mayor castigo tu mirada de amor.
Mañana, cuando el barco me torne hacia mis lares,
no guardaré la perla robada de los mares
sino el lunar gracioso que en tu semblante es.
Y ya nadie me pida una trova ligera;
¡porque he dejado el alma en Cebú prisionera,
y el arpa de mis versos colgada ante tus pies!