En la soledad – III
Hay junto a la ventana de mi estancia
un laurel de la sombra protegido,
en donde guarda un ruiseñor su nido
apenas de mi mano a la distancia;
y entre el verde follaje y la fragancia,
celoso, ufano, amante, requerido,
dice su amor con lánguido quejido
y dulce y elevada consonancia.
Las horas de la noche una tras una
en sigilosa hilera huyendo el día,
siguen el curso a la encantada luna.
Y en esta soledad, el alma mía
goza, sin envidiar cosa ninguna,
de su quieta y feliz melancolía