Eróticas – - II -
Quién me dijera, Clori, que algún día
te pudiera olvidar tan fácilmente,
mientras soltero crin hizo en tu frente
con hilos de oro lazos de rabia.
Y mientras blanca juventud bullía
en tus mejillas de carmín ardiente,
y entre tu blanco aljófar, y luciente,
Sirena te escuchó, se temió Arpía.
Todo con la memoria de un desprecio
vino a olvidarse en mí, mas no a olvidarse
de modo, que me niegue el conocerte
Quédate pues, adiós, venga otro necio,
que sepa amarte, y sepa no estimarse
que yo, por lo que vi, no pienso verte.