Idilio salvaje – V

By Manuel José Othón

La llanura amarguísima y salobre,

enjuta cuenca de océano muerto

y, en la gris lontananza, como puerto,

el peñascal, desamparado y pobre.

Unta la tarde en mi semblante yerto

aterradora lobreguez, y sobre

tu piel, posdata por el sol, el cobre

y el sepia de las rocas del desierto

Y en el regazo donde sombra eterna,

del peñascal bajo la enorme arruga,

es para nuestro amor nido y caverna,

las lianas de tu cuerpo retorcidas

en el torso viril que te subyuga,

con una gran palpitación de vidas.