II

By Guillermo de Montagú

Serenamente casta, la paz de su belleza,

tiene ese dulce encanto que redime y cautiva

No sabe de rubores su inconsciente pureza,

ni sabe ser su amable sinceridad esquiva.

No provoca su carne las hambres del pecado

sino el místico anhelo de la santa ternura

Nunca sus labios rojos el amor ha besado,

ni en su seno de virgen palpitó el ansia impura.

Sus miradas tranquilas, de la madre y la esposa

tienen la mansedumbre espiritual y quieta

que sana las heridas y extingue todo fuego;

y en su caricia fulge la llama misteriosa

de esas lámparas suaves que en la noche discreta

sobre el hogar derraman claridad y sosiego