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By Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco

Cortada sea la mano que te diere

puñada o mojicón, aunque más digas;

y pues que a ti misma no castigas,

castíguete el demonio si pudiere.

Encima de mis ojos lluevan higas;

haga vuestra merced cuanto quisiere,

que torne cualquier mal que me hiciere,

por remuneración de mis fatigas.

Puta vieja, traidora y hechicera,

no hay paciencia tan baja que no sea

virtud, aunque me arrastres por el suelo.

Quien quiebra la vasija en que se mea,

¡cuánto mejor hacedle un vasera

de escarlata, damasco o terciopelo!