La confesión

By José de Diego y Benítez

Llegó Purita, y al mirarse ufana

junto al confesionario de rodillas,

besó del armatoste la rejillas

y los pliegues también de una sotana.

Aunque el frío tenaz de la mañana

le dejó las mejillas amarillas,

subieron, poco a poco, a sus mejillas

candentes olas de color de grana

Alguna cosa por demás oscura

debió mediar en el sagrado nido

entre el ministro y la inocente Pura,

pues gritaron con tono enfurecido:

-«¡Se lo diré al obispo, señor cura!»-

-«¡También se lo diré yo a su marido!»-