La muerte de la bacante

By Joaquín Lorenzo Luaces

Erigone, en desorden la melena,

de Venus presa con ardor salvaje,

oculta apenas en el griego traje

los globos de marfil y de azucena.

El seco labio, que el pudor no frena,

del lienzo muerde el tempestuoso oleaje,

y rasgando el incómodo ropaje,

besa y comprime la tostada arena.

Ebria de amor, frenética de vino,

en torno extiende la febril mirada,

mal tendida en las piedras del camino.

Y al contemplarse sola, despechada

se oprime el pecho, con rumor suspira,

cierra los ojos, y gozando expira.