La última samaritana

By Hernán Zamora Elizondo

Por la sombra ritual de la capilla

cruza un rayo de sol –junco de oro

venido del jardín que afuera brilla,

para mecer los cánticos del coro–.

¡La imagen de Jesús! En su mejilla

palpita, como luz, el santo lloro,

y la angustia refleja su amarilla

palidez en el místico decoro

Al recinto de paz llega el rugido

de la exterior, carnavalesca lucha,

como grito insultante y maldecido,

y en medio de las sombras, el Rabino

se estremece, extenuado, porque escucha

nuevos golpes del paso de Longino

Hay púrpura en la frente y el costado,

la luz en las pupilas agoniza,

y el oscuro cabello ensortijado

tiembla –frío, tal vez– a cada brisa

El labio de Jesús está acediado

por una sed letal, que no suaviza

la caridad del hombre, alimentado

con la sangre del mismo que agoniza

La golondrina, húmeda su gala

entre la niebla, por su vuelo rota,

entra al santuario, convulsiona el ala

con amor, de los hombres imprevisto,

y en un giro sutil, deja una gota

entre los labios cárdenos de Cristo