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By Francisco de Borja y Aragón

Miraba Fabio en un reloj de arena

de la muerta Lucinda las cenizas,

las blancas manos, y las trenzas rizas,

olvido triste, y afrentosa pena.

Miró la suya en la desdicha ajena,

y dijo: ¿Qué beldad no atemorizas,

cenizas que inconstante solemnizas,

al ser, que a su inconstancia te condena?

¡O no excusado golpe de la muerte!

Pues corta siempre con la misma espada;

la dulce vida, y la amorosa suerte;

que fingiendo conformes su jornada;

cuando la vida en polvo se convierte,

queda el fuego de amor ceniza helada.