- LXX - A la muerte de una buena mujer
Yace debajo de esta piedra fría
mujer tan santa que ni escapulario,
ni cordón, ni correa, ni rosario,
de su cuerpo jamás se le caía.
Trajo veintidós años día por día
un silicio de cerdas de ordinario,
ayunaba continuo a San Hilario,
porque nunca hilaba ni cosía.
Fue su casa un devoro encerramiento,
donde iban a hacer los ejercicios
y llorar sus pecados las personas.
Murió sin Óleo no sin testamento
en que mandó a una prima sus oficios
y a cuatro amigos cuatro mil coronas.