- LXXXII - A una dama que se peinaba
En ondas de los mares no surcados
navecilla de plata dividía;
una cándida mano la regía
con viento de suspiros y cuidados.
Los hilos que, de frutos separados,
el abundancia pródiga esparcía,
de ellos avaro, Amor los recogía,
dulce prisión forzando a sus forzados.
Por este mismo proceloso Egeo
con naufragio feliz va navegando
mi corazón, cuyo peligro adoro.
Y las velas al viento desplegando,
rico en la tempestad halla el deseo
escollos de diamante en golfos de oro.