- LXXXV -

By Fernando de Herrera

Alma, que ya en la luz del puro cielo

ardes de santo fuego, a quien suspira

tu ausencia, con suaves ojos mira

y alienta a levantar el flaco vuelo.

Ceñida en torno tú de rojo velo,

la llama en mi lloroso pecho inspira,

porque sin odio, sin temor, sin ira

desprecié el vano amor y error del suelo.

Lloré yo tu partida, amé tu gloria,

y en tu último dolor creció mi pena

para seguir contigo el mismo hado.

Si la fe te renueva la memoria,

en esta sombra ven con faz serena

a consolar el corazón cuitado.