- LXXXVII -
Perdiste, o Clori, la mayor riqueza,
que el cuerpo tiene, y la mejor del alma,
igual en todo a la divina palma
corona de tu Angélica belleza.
Y un solo honor, que a nuestra vil flaqueza,
concede el cielo, que piadoso acalma
el mar común, que no consiente calma
sino le enfrena celestial pureza.
Corrida estás, pues yo afrentado quedo
de ver en mano súplica oprimida
la hermosa flor, admiración del prado.
Cobre el error en tus desdichas miedo;
que a veces nace del temor la vida,
y aciertos nobles del amor errado.