Manos lejanas

By Arturo Cuyas de la Vega

Aquellas manos de la esposa ausente,

blancas palomas, tibias de ternura,

que saben reducir mi calentura

sólo con reposar sobre mi frente.

¡Ay!, qué lejos estoy del diligente,

suave contacto que mitiga y cura

y en estas largas noches de tortura

cómo os llamé desesperadamente

¡Milagroso cordial! Manos amadas,

que estoy, en mi ceguera, calumniando,

pues, aunque ahora no mullen mis almohadas,

con celo maternal, mimoso y blando

con que estén -¡y no hay duda!- entrelazadas,

pidiendo a Dios por mí, me están curando.