MANUEL RAVAGO
Era un señor de gigantesca traza
y de adiposa humanidad. Su gloria
la forma con el don de la oratoria,
la brillantez del escritor de raza.
¡Movía el genio su ciclópea masa
Caballero de limpia ejecutoria,
de las normas que forjan su historia,
no le apartó el temor ni la amenaza.
De su hora quedará firme el vestigio,
porque estaba labrado su prestigio,
sobre el cimiento de la fe cristiana.
Un justo gana con su muerte el cielo,
y en cambio pierde su nativo suelo
un gran cultor del había castellana.