Mi retiro en el monte

By Julio Flores Roa

He quemado las naves de mi gloria

Hoy en un monte milenario vivo

el resto de esta vida transitoria,

a todo halago mundanal esquivo.

En la gran soledad del bosque inmenso

este resto de vida se consume

exhalando, lo mismo que el incienso

en los altares, todo su perfume

El monte, prodigioso laberinto,

es hoy mi patria, mi ciudad, mi centro:

hállome en él hasta en mi mal distinto,

pues me parece que la dicha encuentro

mientras más solo estoy en su recinto,

mientras más hondo en sus arcadas entro

Huyendo de las míseras pasiones

de los hombres, en pos de ambientes puros,

con mi morral henchido de canciones

abandoné los solariegos muros

La mentira social, el placer mismo

cien veces apurado en una hora,

me arrancaron del fondo del abismo

lanzándome a la selva redentora

He entrado como el monje en «la escondida

senda» a vivir las horas placenteras

de aquella dulce y sosegada vida,

convencido a la luz de otro horizonte,

de que hay en la ciudad muchas más fieras

¡oh sí! muchas más fieras que en el monte

Cerré todas las puertas a los vicios,

abandoné las brocas bacanales

y huí de los inmensos precipicios

lanzándome a regiones inmortales

Ya no canto aquel canto atormentado

que abrió en mi corazón surco tan hondo,

tan hondo, que aunque a verle me he asomado,

nunca le he visto al asomarme el fondo

Hoy mi canto es más puro, es más sereno

porque es ahora mi pesar más sano

Canto en la soledad a pulmón pleno

Y aunque en el monte estoy no canto en vano:

me aplaude arriba con su salva el trueno

y abajo, con su trueno el océano

Porque está el mar con su llanura

verde o azul, rojiza o cenicienta

El mar, mi único hermano en amargura,

cómplice rugidor de la tormenta

Ora tranquilo y sin vigor, inerme

se arrebuja en los velos de las brumas

y en su gran lecho de coral se aduerme

bajo su frágil edredón de espumas

Ora ronco y fatal cuando se enoja,

aúlla, brama, se retuerce, grita,

y espumarajos de coraje arroja

Rompe sus anchas olas, y al romperlas

finge bajo la bóveda infinita,

enorme cofre azul lleno de perlas

Ni falso amigo ni mujer liviana

cerca de mí; la azul enredadera

y el roble rico de vejez lozana

son y serán mi amigo y compañera

Lejos del miasma, en vértigo inefable

del monte aspiro el secular perfume

y -águila enferma en jaula miserable-

mi espíritu las alas desentume

Al fin bajo el magnífico frondaje

de la selva sonora y afligida

hallé la paz, aunque al rendir el viaje

¡Por qué por un sarcasmo de la suerte,

hoy por vez primera amo la vida

es cuando está acercándose la muerte!

¡Pero no importa! Mi ventura entera

será dormir allí, tras la borrasca

de mi pasado, en una primavera,

oyendo el susurrar de la hojarasca

Sé que la enredadera cariñosa

y el corpulento roble centenario

hundirán sus raíces en mi fosa

para estrechar mi cuerpo solitario

Cristalinas mañanas, tardes blondas,

noches azules de luctuoso velo

y albas estrellas de miradas hondas

llorarán sobre mí Y alzando el vuelo,

desde las altas y tupidas frondas

me cantarán los pájaros del cielo