Miserias – II

By Juan Martínez Nacarino

Pero aquella mujer inimitable,

de inteligencia grande y poderosa,

justa, noble, pacífica, amorosa,

de conciencia cristiana insuperable;

mi Madre, en fin, la que encontró execrable

la ingratitud y la llamaba odiosa,

¡te hizo siempre justicia, y orgullosa,

te quiso con ternura incomparable!

Yo, ante esta ejecutoria, inmaculada

por proceder de tan excelso origen,

y cuya validez se te ha negado,

siento aliviarse el alma acongojada

de todos los pesares que la afligen

¡y doy gracias a Dios de haberte amado!