PALIMPSESTO.
El Capitán Salcedo, preso en los dulces ojos
De la princesa india dormida en su candor,
Se desciñó la espada, y postrado de hinojos,
Puso sobre su sueño un beso y una flor.
El seno de la tierra sintió una nueva vida;
La espiga de oro se hizo prenda del sembrador;
Y toda Filipinas despertó estremecida
Y se alzó sacudida por un grito de amor.
Después, en otra noche romántica y preclara,
Como ninguna otra de luminosa y bella,
Como si a más de estrella, tuviera luna y sol,
Surgió de aquella noche de amor, María Clara,
Dulce como una rosa, blanca como una estrella,
¡Pulsando en su arpa indígena su cántico español!