PRELUDIO
En el vaso sombrío de mis penas
cayó la rosa ardiente de un cariño.
Mis sueños eran castas azucenas
en aquel ingenuo corazón de niño.
La rueca de los años fue urdiendo
la implacable hojarasca del olvido
brotó un lamento que se fue perdiendo
con tremores de trágico alarido.
Pasó el breve prodigio del momento.
Quedó un dulzor de mieles en mi boca
y algo muriente se fundió en el viento.
¡Ya dejé de llorar!... En mi horizonte
vi dibujarse una esperanza loca
tras la tétrica risa de Caronte.