Soneto de los esposos aldeanos
No quiere el segador el aura fría,
ni por abril el agua mis sembrados,
ni yerba ni dehesa mis ganados,
ni los pastores la estación umbría;
ni el enfermo la alegre luz del día,
la noche los gañanes fatigados,
blandas corrientes los amenos prados,
más que te quiero, dulce esposa mía:
que si hasta hoy su amor desde el primero
hombres juntaron, cuando así te ofreces
en un sujeto a todos los prefiero,
y aunque sé, Blanca, que mi fe agradeces
y no puedo querer más que te quiero,
aun no te quiero como tú mereces.
No quieren más las flores al rocío
que en los fragantes vasos el sol bebe,
las arboledas la deshecha nieve,
que es cima de cristal y después río;
el índice de piedra del Norte frío,
el caminante al iris cuando llueve,
la oscura noche la traición aleve,
más que te quiero, dulce esposo mío;
porque es mi amor tan grande que a tu nombre
como a cosa divina construyera
aras donde adorarte; y no te asombre,
porque si el ser de Dios no conociera,
dejara de adorarte como hombre
y por Dios te adorara y te tuviera