Soneto
¡Oh, quién tuviese un corazón de acero
que no fuese falsado de arma alguna,
para sufrir los golpes de Fortuna,
y aquellas ansias tristes con que muero!
Leed, señora, mi vivir primero,
y revolved sus hojas una a una,
tomando la inocencia de la cuna,
hasta llegar al término postrero.
Adonde podréis ver una firmeza
con accidentes duros y suaves,
llagada de los pies a la cabeza
Dolores que de agudos son ya graves;
veréis una rendida fortaleza,
do tiene Amor las fuerzas, vos las llaves.