Soneto
El paso lento, ahora acelerado,
de virginal vergüenza acompañada,
la rubia crencha al tranzado echada
busca la oveja al cordero amado.
El rastro de la sangre que ha dejado,
sigue la madre de su hijo amado,
sin duda le hallará, porque bañada
queda la calle, y lo demás bañado
Cual va la cierva con ardor buscando,
la clara fuente, donde bañe y riegue,
de flechas cruel la peligrosa herida.
Así corre la Virgen suspirando,
y no la detendrán hasta que llegue
al hijo, que es la fuente de su vida.
Llega la Virgen donde el Hijo estaba;
Ella le mira y El la mira a Ella;
Ella llora por El y El por Ella,
y por los dos la tierra se regaba
Ambos se miran, mas ninguno hablaba;
con los ojos publica su querella;
El ve su muerte en los ojos de Ella
y Ella en los ojos de El lo que mataba
Mas el impío pueblo, que entendía
que aliviaba su pena en tal jornada,
ver a su madre en el dolor presente,
al punto apartan al Hijo de María,
del Hijo apartan a su Madre amada
¡Juzgue quién sabe quién más pena siente!
El Verbo eterno al cielo el rostro alzado,
estando ya en la cruz donde moría,
al Padre ruega por la culpa impía
del pueblo que le tiene allí enclavado
Prométele al ladrón que está a su lado
mucho mayor merced que le pedía,
y a su Madre Santísima María
le da por hijo a Juan amado
Pregunta al Padre: «¿Qué ocasión ha habido
para desampararme, Eterno Padre?»
y vuelto al pueblo dice: «Sitio».
Y viendo que lo escrito está cumplido,
inclinando su rostro hacia su Madre,
ofrece al Padre el alma en sacrificio.