Sonetos – IV
Nací y lloré sin haber aún sentido
si tenía experiencia en ese estado,
entré en razón, y entonces, desdichado,
toda clase de penas he sufrido.
Mi juventud se acerca ya al olvido;
la vejez llega a paso apresurado;
y de la muerte el rostro descarnado
veré patente un día no sabido
¿No es, pues, la vida un don bastante triste?
¿No es un peso que abruma a los mortales?
¡Nada se sufre cuando no se existe!
Esto dicen los hombres inmorales
a quienes ya la religión no asiste
con la esperanza en premios inmortales.