- VIII -

By Juan de Timoneda

Ero, a quien mil cuidados combatían

ni jamás sobresaltos la dejaban,

temerosas sospechas la espantaban,

pensamientos de amor la entristecían.

Las altas ondas nuevas le traían

de cómo a su Leandro maltrataban,

y los furiosos vientos derribaban

la seña y luz que sus manos ponían.

Con gran temblor, y semejante pena

a la orilla del mar en la mañana

su Leandro vio tendido en el arena.

De vivir más, perdió luego la gana,

helósele la sangre en cada vena,

y en un punto se echó por la ventana.