- XCII - A sus ojos, que fueron causa de un pensamiento lascivo
Perdí la pura luz por mis antojos
dignos (¡ay triste!) de mayor quebranto,
muriose mi esperanza del espanto;
resucitó el dolor de mis enojos.
¿Quién atará las fuentes de mis ojos,
si conoce la causa de mi llanto?
Llorad ojos, llorad, llorad, y tanto,
que ablandéis el rigor de estos abrojos.
Pues el que induce a delinquir, se atreve,
y mi intento indujiste, que está ciego,
pagad ojos, que él paga lo que debe.
Perded vuestro cristal, cual cera al fuego;
o cual al rubio sol, la blanca nieve,
quizá perdido, ganaréis sosiego.