- XI -
Señor cuya piedad, cuya clemencia,
atenta siempre a nuestro bien, retira
las flechas de rigor, los rayos de ira,
que solicita tal inobediencia.
Pues revocaste la fatal sentencia,
y del trance mortal que horror inspira,
maravilla que el Mundo absorto admira,
me arrebataste a la cruel violencia.
Desengaños produzca asombro tanto,
de tu piedad mayor efecto sea
la salud interior aun más perdida.
Anegando mis culpas en mi llanto
su imperio libre la razón posea
que restituya el alma a mejor vida.