- XLV -

By Gabriel Bocángel y Unzueta

¡Señor, que viera un pedernal helado

sangre de fuego de un acero herido!

¡Y que a la cera el bronce endurecido

hurte obediencias, del calor tratado!

¿Qué tiemble un monte al rayo sospechado,

y el hombre no le sienta, de él herido!

Pues, si se advierte, es rayo sin ruido

dentro del pecador cada pecado.

¿Qué villano, a quien víbora inclemente

el pecho le ocupó mientras dormía,

despierto, no se hurta a su veneno?

Huye veloz, ¡oh planta delincuente!

Huye, porque del rayo de este día

podrá la permisión ser tardo trueno.