- XLVI - Al sol porque salió estando con una dama y le fue forzoso dejarla
Ya besando unas manos cristalinas,
ya anudándome a un liso y blanco cuello;
ya esparciendo por él aquel cabello,
que Amor sacó entre el oro de sus minas;
ya bebiendo en aquellas perlas finas
palabras dulces mil sin merecello,
ya cogiendo de cada labio bello
purpúreas rosas sin temor de espinas,
estaba, oh claro sol, envidioso,
cuando tu luz, hiriéndome los ojos,
mató mi gloria y acabó mi suerte.
Si el cielo ya no es menos poderoso,
porque no den los tuyos más enojos,
rayo, como a tu hijo, te den muerte.